La Ética Utilitarista de John Stuart Mill
Por Daniel Mansuy Huerta

No cabe duda alguna que la ética utilitarista es una de las más influyentes de la modernidad. En efecto, muchos de los estudiosos e investigadores actuales desarrollan sus sistemas a partir de la premisa consecuencialista, según la cual el valor de las acciones humanas se mide por sus consecuencias y que, por tanto, la acción carece de valoración moral intrínseca. El debate ético actual está cruzado "y estancado" por esta posición. Decimos estancado porque suele suceder que en la discusión sobre temas morales los interlocutores parten de premisas opuestas, y sea por tanto imposible llegar a algún tipo de acuerdo mientras se razone según ésas premisas. Es menester entonces indagar sobre el punto de partida, sobre las mismas premisas: debemos descubrir cuál de ellas está errada para poder continuar el debate. Cualquier otro camino será estéril.

Por ello, estudiar esta teoría ética en sus fuentes es de indudable relevancia. Es imprescindible comprender de modo más o menos cabal esta ética para comprender el debate actual, e intentar superarlo.

Quizás el más representativo exponente de la ética utilitarista sea el inglés John Stuart Mill, nacido en 1806, quien en su obra El utilitarismoexplica los principales alcances de esta teoría moral. En este artículo investigaremos las características de dicha obra, tomando en cuenta sus aspectos más relevantes. Analizaremos sus postulados y las consecuencias que el autor deriva de ellos, observando cómo Mill responde a las críticas esbozadas contra su doctrina. Veremos también los puntos más débiles y las contradicciones internas en la postura de Mill.

John Stuart Mill inicia El utilitarismo observando el estancamiento del debate relativo a los temas éticos: "entre las circunstancias que concurren al estado presente del conocimiento humano, hay pocas que, como el escaso progreso conseguido en la solución de la controversia relativa a la cuestión del bien y el mal" (pág. 133 en la edición de Orbis, Madrid, 1980). Para el pensador británico es una cuestión fundamental intentar resolver este problema, puesto que su estancamiento estaría retrasando el progreso general humano. Este punto no es poco importante, porque desde alguna perspectiva lo que Mill busca es una teoría ética sencilla, sin demasiadas complejidades, que permita resolver el problema relativo a lo bueno y lo malo. A continuación Stuart Mill observa que, en cuanto las acciones se realizan por un fin, están subordinadas a éste, y "toman su color". Se nota aquí cierta similitud con la ética aristotélica, que es también "aunque a su modo" finalista. Sin embargo, esta similitud no tardará en desaparecer en virtud de la concepción de bien que adopta Mill. Hace mención a los postulados éticos de Bentham  "en cuyo credo él mismo fue educado por su padre", según los cuales los hombres deben buscar su felicidad, entendida ésta como una presencia de placer y ausencia de dolor: "la naturaleza puso al hombre bajo dos jueces soberanos: el dolor y el placer". Mill busca a partir de esa doctrina la solución al problema planteado inicialmente. Según él, la influencia de esta doctrina ha sido tan amplia que incluso aquellos que han pretendido rechazarla terminantemente, como Kant "máximo exponente de la ética deontológica, basada en el puro deber", han terminado por adoptarla de uno u otro modo.

Lo medular de la teoría ética de Mill está expuesto en el primer capítulo de su obra. Allí señala que lo justo ya no se define en sí mismo, o conforme a una referencia objetiva, sino que lo justo es lo que tiende a producir felicidad. Cobra relevancia la definición que se tenga de felicidad, y Mill no vacila en seguir a su maestro Bentham, al entender por felicidad "placer y ausencia de dolor". La única motivación real en el hombre, lo único que mueve a la voluntad (término que aún no utiliza Mill) es el deseo de acercarse al placer y de alejarse al dolor. Con todo, Stuart Mill entendió que esta definición de felicidad era insuficiente y que requería ciertos matices, como por ejemplo la distinción entre placeres inferiores y superiores. Sin embargo, todas las disquisiciones posteriores, tendientes a depurar la crudeza y el materialismo benthamianos con los que se entiende la noción de felicidad, estarán marcadas por un signo fatal dado por la misma premisa que Mill se niega a abandonar: felicidad como placer y ausencia de dolor. Y por más que quiera alejarse de ella al establecer una serie de distinciones y tratando de responder a diversas objeciones, la premisa está ya planteada y Mill no podrá escapar. Veamos.

La primera objeción que enfrenta Mill es la de igualar a hombre y animales: en efecto, si sólo buscamos el placer material, no hay ningún elemento objetivo que nos diferencia de la generalidad de los animales. Para responder, Mill introduce en este punto la distinción entre placeres: "los seres humanos tienen facultades más elevadas que los apetitos animales", y "si de dos placeres, hay uno al cual, independientemente de cualquier sentimiento o obligación moral, dan una decidida preferencia todos o casi todos los que tiene experiencia de ambos, ése es el placer más deseable" (pág. 140). No es suficiente la comparación cuantitativa entre los placeres "Mill abandona aquí uno de los supuestos benthamianos" sino que es necesario considerar el elemento cualitativo. Por ello, "es mejor ser un ser humano insatifecho que un cerdo satisfecho; mejor ser un Sócrates insatisfecho que un necio satisfecho" (pág. 141).

En verdad esta distinción revela un gran problema en el conjunto de la argumentación utilitarista. Mill piensa que esta distinción es compatible con la premisa benthamiana, y que él mismo confirma (felicidad como placer y ausencia de dolor). Pero, la postura de Mill es evidentemente absurda. Frente al problema, caben dos opciones: o Bentham tenía la razón, en cuyo caso no tiene sentido establecer distinciones distintas a la mera cantidad entre los placeres; o en verdad hay criterios anteriores y superiores al mismo placer en virtud de los cuales podemos preferir algunos, no ya en virtud de la cantidad, sino de su calidad. En cuyo caso no es ya el placer el "maestro soberano de la naturaleza humana", sino que hay algún otro criterio que nos permite discernir entre los placeres. Mill pretende "y aquí está la tensión presente en su ética" que ambas posturas sean compatibles.

Sobre este tema caben varias observaciones. En primer término, ¿por qué Mill reforma " o intenta reformar" de tal modo el credo de Bentham? Aquí,  es la biografía del pensador inglés la que nos puede proporcionar algunas luces. El padre de Stuart, James Mill, fue un gran amigo y seguidor de la filosofía de Jeremias Bentham. Bajo ese credo y una alta exigencia crió a su hijo, quien a los tres años comenzó a estudiar griego y a los siete ya leía a los clásicos en su lengua original. Sin embargo, a la edad de 20 años "hacia 1826" Stuart Mill entra en una grave depresión. No puede salir de ella a través de los postulados de Bentham: no es capaz de asociar la idea de placer a alguna circunstancia determinada, con vistas a aumentar su propia felicidad total, como postulaba Bentham. Le ayudó a superar su estado depresivo la poesía, descubriendo así la existencia de placeres "más refinados" o no hedónicos, si se prefiere. Como señala Alejandra Carrasco, "la búsqueda del placer por sí mismo fue la que llevó a Mill a la depresión, porque al buscarlo directamente se impedía el gozo completo". Ese es el origen de la distinción entre placeres inferiores y superiores.

En verdad, la teoría de Bentham era radicalmente simple. Como apuntamos más arriba, Bentham señaló que "la naturaleza puso al hombre bajo dos jueces soberanos: el dolor y el placer. Ellos son los únicos que nos pueden decir qué debemos hacer, así como lo que tenemos que hacer (...) ¿Entonces cuál es el interés de la comunidad? La suma de los intereses de los miembros que la componen" (citado por Alejandra Carrasco). La cuestión es sencilla: hay que acumular placeres y así obtener los mayores grados de felicidad. Esta tesis de Bentham tiene, eso sí, ciertos supuestos. El primero, que la voluntad sólo pueda buscar acercarse al placer y alejarse del dolor. El hombre es, por tanto, un ser esencialmente egoísta. Otro: los placeres son susceptibles de medida común, o cualitativamente iguales. Por ello, los placeres pueden sumarse y calcularse según criterios objetivos. Y, los placeres de distintas personas pueden compararse entre sí, "ya que la sociedad es un agregado de individuos a los que  deben darse las mismas oportunidades de placer" (Ramón Castilla en la "Introducción a la obra citada, pág. 129).

En la medida que Mill va atacando esos supuestos, ataca también la premisa misma establecida por Bentham, y deja a su propia teoría sin sustento posible. Si es Bentham quien tiene razón, y si se acepta su premisa, tiene que ser posible llevarla hasta sus últimas consecuencias. Es lo que hace un pensador contemporáneo quien, fuertemente influido por el utilitarismo materialista, iguala de algún modo los placeres de hombres y animales. Peter Singer, en su obra Liberación animal, llega hasta el final con la premisa benthamiana, y postula la liberación animal: no es posible, si lo único que realmente vale es el placer material, que los hombres provoquemos dolor en los animales. Por el contrario, si verdaderamente queremos buscar la máxima felicidad universal, debemos considerar también en la adición total de placeres y dolores a los animales. Esto llevará a su liberación, al fin del dominio establecido por los hombres sobre los animales. Por absurdo que parezca, es ésta una postura absolutamente coherente con el supuesto de Bentham.

Mill, más conocedor de la realidad humana en cuanto capta que no puedenser iguales los placeres animales a los humanos, pero menos riguroso en cuanto es incapaz de cambiar el primer postulado benthamiano, se ve obligado a repletar de matices la noción misma de felicidad. Y esos matices van complicando la posibilidad misma de viabilidad real de su teoría. Por ejemplo, al realizar la distinción entre placeres inferiores y superiores, señala que será superior aquel que sea elegido por quien haya experimentado ambos placeres. El problema que ello presenta no es difícil de descubrir: sólo puedo saber qué placer es mejor que otro habiéndolos experimentado todos, condición más bien irrealizable. La otra opción, como apunta Alejandra Carrasco, es seguir la opinión de aquel que sí los haya experimentado, caso en el cual se plantea una suerte de paternalismo, posibilidad abiertamente rechazada en Sobre la libertad.

En perfecta concordancia con su espíritu ilustrado Stuart Mill sostiene que la doctrina utilitarista es la que, sin duda alguna, mayores beneficios podría reportarle a la humanidad toda. Además, con esta ética el hombre se hace bueno pues debe preocuparse del bien de los demás: "pocos cuyo espíritu de cabida a la moral, consentirían en pasar su vida sin conceder atención a los demás excepto en lo que obligase a sus intereses personales" (pág. 163).

En el capítulo cuarto de El utilitarismoMill estudia los conceptos de virtud y voluntad. En este capítulo es muy clara la distancia que toma Mill respecto de la teoría ética clásica. En el fondo, Mill intenta acomodar estos conceptos al materialismo inherente a su doctrina. Si el hombre sólo tiene como fin el placer, la virtud sólo puede ser aquello que nos acerque al placer: "nunca hubo un motivo o deseo original de ella [la virtud], a no ser su propiedad de conducir al placer y, especialmente, a la prevención del dolor." (pág. 167). Qué lejos se está de la virtud entendida como disposición interna que hace bueno al hombre y que, como dice Aristóteles, es más bien una cuestión referida al alma más que al cuerpo, ya que la virtud es lo más alto que hay en el hombre. Pero en Mill no hay elementos que trasciendan lo meramente material, y la virtud, por tanto, debe subordinarse a ese supuesto.

Mill entiende la noción de voluntad como hija del deseo, una suerte de deseo educado y habituado. Así explica que el hombre pueda buscar bienes no necesariamente placenteros: ello estaría dado por la voluntad, que una vez alejada del deseo, puede tender hacia bienes de ese tipo. Sin embargo, ello sólo puede realizarse pensando en un placer futuro, pensando en la virtud y en el hábito "como cosa agradable o exenta de dolor". El materialismo sigue presente, cómo no, en la antropología de Stuart Mill. La voluntad no es ya un apetito intelectual o una tendencia hacia el bien, sino un derivado del deseo. Y, aunque Mill intenta distinguirlos señalando que la "voluntad habituada" sería completamente distinta del mero deseo, lo que se desprende de su doctrina es más bien lo contrario: la voluntad no es más que un tipo de deseo, un deseo considerado a largo plazo, puesto que seguimos hablando en términos de lo agradable y exento de dolor.

Además, como el deseo está antes, se convierte en la verdadera "pauta de la moralidad" (Alejandra Carrasco). Ya no es el deseo quien debe  subordinarse a la voluntad, sino que es la voluntad que se somete al deseo. Stuart Mill es en esto un fiel representante de la tradición empirista inglesa: la huella de la ética de Hume en este punto es clara. Es siempre el deseo material lo que determina, lo que realmente especifica la acción humana.

En el último capítulo de la obra, Mill investiga la relación entre la justicia y la noción de utilidad. Y "una vez más" Stuart Mill acomoda los conceptos a su propio materialismo.

Mill esta consciente que uno de los obstáculos a su teoría es la idea de justicia: "el poderoso sentimiento y la noción, aparentemente clara, que esta palabra evoca con rapidez y seguridad, que la asemejan a un instinto, ha parecido a la mayoría de los pensadores la señal de una cualidad inherente a las cosas. Ha parecido mostrar que la justicia existe en la naturaleza como algo absoluto, genéricamente distinto de cualquier variedad de conveniencia" (pág. 170). Nótese que la justicia es entendida como un sentimiento, como un instinto, pero no como "por lo  menos" una disposición racional. Por tanto, la justicia es una cuestión meramente personal y subjetiva, sin referencia objetiva alguna. Un poco más adelante Mill nos da su definición de justicia: "el sentimiento de justicia me parece ser el deseo animal de repeler o vengar una injuria o daño causado a uno mismo o a aquellos con quienes uno simpatiza."(pág. 180). El parentesco con Hobbes es bien evidente: la justicia no es una virtud, gobernada por la razón y distinta de la venganza; sino que se define como un deseo "y no cualquier deseo, sino uno animal" de venganza. Luego Mill argumenta que lo verdaderamente justo es también lo conveniente: "siempre ha sido evidente "dice" que todos los casos de justicia son también casos de conveniencia (...) la justicia sigue siendo el nombre apropiado a ciertas utilidades sociales que son mucho más importantes y, por ende, más absolutas e imperativas que todas las otras de la misma clase" (págs. 189 y 190). Mill reduce lo justo a lo conveniente. Admite eso sí que no siempre se trata de lo inmediatamente conveniente, pero el fondo sigue siendo lo mismo: no hay acciones injustas en sí mismas, éstas deben ser juzgadas de acuerdo a su utilidad. ¿Y qué es lo útil? Aquello que nos proporciona placer. Lo justo queda entonces definido en función de lo placentero, en función de criterios materiales.

Stuart Mill intenta, a lo largo de su obra, superar el materialismo, o quizás evadirlo. Pero, dada la premisa de la que parte, es una tarea imposible.

Mill arguye que se debe buscar la felicidad del mayor número, y si en ello se perjudica a algún individuo, puede ser aceptable en nombre de la justicia. No hay una sociedad compuesta de personas, en la que cada una de ellas tiene dignidad en virtud de la cual debe ser respetada, sino que hay un todo social, una masa que puede exigir sacrificios de cualquier tipo en vistas de la mayor utilidad común. No se está así muy lejos del totalitarismo, donde una estratega social toma las decisiones en nombre de las personas, sin respetar la dignidad de cada una de ellas. Posición que se contradice con lo sostenido en Sobre la libertaddonde Mill había afirmado la libertad de cada individuo como principio máximo del orden social.

Ángel Rodríguez Luño define al utilitarismo en dos tesis fundamentales: que el bien sea definido antes e independientemente de la acción justa, y que lo justo será definido como aquello que produce el máximo bien. Ese bien debe ser medido de algún modo, y sólo en lo que es material y cuantitativo es posible la medición. Por tanto, "la razón práctica se convierte en una razón meramente calculadora, los ideales éticos quedan quedan limitados a las esferas más materiales de la vida"(Ética general,EUNSA, Pamplona, 1998, pág. 315). Para Rodríguez, es complicada también la distinción entre lo justo y lo bueno. Si lo justo no forma parte de lo bueno, entonces no hay acciones buenas de por sí. Llevado a la práctica, es fácil el absurdo: ¿no es bueno decir la verdad? En Mill, sólo cabría decir que es justo en la medida que de ello se obtienen consecuencias positivas, pero nada más.

Es interesante el tema de la verdad, puesto que es un tema particularmente sensible a las posiciones consecuencialistas. Mill le dedica varios párrafos, argumentando que siempre más conveniente decir la verdad que mentir, pues al mentir "dice Mill, un poco siguiendo a Kant" se afecta la confianza social y se resiente la vida en comunidad (pág. 152). Pero siempre queda la posibilidad de plantear algún caso extremo, en el que sea evidente la conveniencia de la mentira.

En efecto, Mill incurre en este error: no es posible deducir del hecho, empíricamente observable, de búsqueda natural de la felicidad un deber de felicidad. No hay, en consecuencia, verdadera teoría moral, puesto que no hay deber verdadero. Lo que, en verdad, es coherente internamente: si sólo perseguimos placeres instintivamente, no puede haber obligaciones y deberes. Los deberes y la moralidad suponen racionalidad, y no hay racionalidad alguna en el sistema utilitarista, donde la voluntad deriva del deseo y la acción humana no debe estar guiada por el bien sino por una muy particular concepción de justicia.

Hemos revisado los principales aspectos de la ética de Stuart Mill. Han quedado sin análisis innumerables elementos presentes en la obra, pero creemos haber expuesto lo esencial.

Dijimos al comienzo que nos interesaba verificar la validez de los principios utilitaristas. En el desarrollo vimos los innumerables problemas que enfrenta la tesis de Mill. Podemos concluir entonces que, al parecer, no sería válido adoptar la ética de Mill como verdadera.. Quizás sí sería más riguroso asumir la postura de Bentham, sin reformarla, como lo hace Singer. Porque, si es verdad que el comportamiento del hombre sólo se basa en el dolor y en el placer, cualquier distinción que se haga a partir de la premisa benthamiana será completamente inútil, como queda demostrado en las noventa páginas de El utilitarismo.

No se trata de negarle toda razón a Mill. De hecho, cuando introduce matices y distingue entre placeres inferiores y superiores, Stuart Mill se acerca de algún modo a la realidad. Pero queda atrapado en la premisa de Bentham, y no logra escapar de ella, incurriendo en numerosas contradicciones. De algún modo Mill sacrifica la rigurosidad en la argumentación, a cambio de mayores dosis de realismo. En todo caso, ni aún así, logra salir del problema.

Mill pudo haber tenido las mejores intenciones al escribir su obra "lo más probable es que haya sido un ilustrado sincero, que creía en el progreso de la humanidad", pero las consecuencias que se derivan de su tesis no son siempre muy felices. Desde luego, el hecho de no poder considerar ningún acto como malo en sí y que siemprehaya que atender a las consecuencias, presenta varios problemas. Por ejemplo, ¿cómo puedo yo saber las consecuencias futuras de mis actos? Puedo suponerlas o preverlas, pero siempre de modo muy limitado. ¿Fue bueno o malo que Julio César cruzara el Rubicón? Es imposible, aun transcurridos más de dos mil años, saberlo. Es impracticable la ética de Mill: no podemos actuar en base a las consecuencias, por la sencilla razón que no podemos conocer esas consecuencias antes "y ni siquiera después"de realizar el acto. Ese acto debe tener un valor en sí mismo, una referencia objetiva propia. No se trata de olvidar y no tomar en cuenta las eventuales consecuencias de las acciones que uno realice, pero es claro que no es posible fundar nuestro comportamiento a partir de ese tipo de consideraciones únicamente.

La ética utilitarista es una ética irreal, que no toma en cuenta la realidad de la persona humana. Se plantea, como señala Abba, desde la perspectiva de la tercera persona, del legislador, considerando al hombre como un ser abstracto. Pero en ningún momento se plantea la perspectiva del mismo sujeto agente, del sujeto que, frente a determinadas circunstancias, debe actuar en un lugar y en un tiempo limitado(Giuseppe Abba, Felicidad, vida buena y virtud, Eiunsa, Barcelona, 1992, pág. 113). Una ética de este tipo no puede ser una ética que describa la realidad moral del hombre. De ahí que sea esencialmente inválida.